Artículo original de: ABC
Por Javier Santamarta del Pozo

Dicen que hay que «descolonizar» los museos españoles. Algo que se lleva haciendo (o pretendiendo hacer) desde hace unos años en museos europeos y norteamericanos. El pasado colonial (como el de Bélgica o Países Bajos), imperialista (como el que tuvo el Reino Unido o Francia), o las bases sobre las que asentar nuevas realidades nacionales (como en los casos de Estados Unidos, Canadá o Australia), han lacrado, pues, sus museos. Tanto por el origen de sus piezas y colecciones, como por la forma de mostrarlos. Y España ya quiso iniciar este camino desde hace tiempo. No desde la llegada del nuevo ministro de Cultura, Ernest Urtasun. Ni siquiera desde su predecesor, Miquel Iceta, que anunciaría no hace tanto este empeño revisionista. Es que ya se produjo con los gobiernos de Felipe González a raíz del V Centenario del Descubrimiento de América en 1992, con relación a los ahora controvertidos (y bastante poco conocidos y visitados), museos de América y Antropológico, sitos en la capital de España.

Se pretende en la actualidad, como se pretendió hace décadas, que la corrección política esté por encima de otros criterios, procurando no ofender. Que ya entonces se habló de «encuentro» en vez del eurocéntrico «descubrimiento», como si unas delegaciones de taínos y castellanos hubieran quedado a medio camino o por el mar de los Sargazos aproximadamente, para darse la mano. Pues parece ser que la presunta o posible ofensa es un ‘leit motiv’ de los dirigentes políticos de un país que tiende a pensar que cualquier atisbo de orgullo con relación a su Historia, enseguida va a ser tildado de reaccionario, nacionalcatólico, o hasta de lesa humanidad. Y no exagero. Recordemos a Luis Yáñez, secretario de Estado de los fastos del 92, indicando contrito que la efeméride no significaba «la celebración del genocidio de los indios por parte de los conquistadores españoles». Lo que, ciertamente, era de una obviedad palmaria. E insultante. Casi treinta años más tarde, cuando llega otro quinto centenario que hubiera movido a una serie de actos culturales de todo tipo, como el encuentro y conquista que llevará a la creación de lo que se conocería como Nueva España (¡menudo simbolismo nominal tan enorme!), el entonces ministro de Cultura, José Guirao, declaró que no había intención de llevar a cabo conmemoración alguna, por ser un tema controvertido en México.

Imagino que parte del problema radica, en ocasiones, con la confusión de los que piensan que recordar una efeméride, traer a la memoria, es un sinónimo literal de celebrar, y que esto poco menos que conllevaría una serie de festejos con fuegos artificiales, desfiles a la americana con millones de confeti rojigualdos esparcidos al viento, decenas de ‘majorettes’ lanzando sus bastones al aire al ritmo de la música de Los Voluntarios, Las Corsarias, o el presunto himno de los Tercios de la serie ‘Águila Roja’, paseando carrozas donde rudos conquistadores tocados con morriones parecen ‘genocidiar’ a aquellos indefensos indígenas que vivían en sus arcadias felices, en una gran marcha por La Castellana (¡qué nombre más imperialmente adecuado!) mostrando globos antropomorfos gigantes de helio, con la imagen del glorioso Hernán Cortés. Y no. No hace falta nada de eso. Nadie lo pide. Pero llegan fechas y hasta las que no deberían de tener un problema por no ser aparentemente controvertidas, al final lo son. Como cuando la vicepresidenta Carmen Calvo en nombre del Gobierno de España, llegó a pedir un contrainforme para deslegitimar el dictamen de la Real Academia de la Historia (¡nada menos!), para certificar que la hazaña de Elcano «no fue española», como denunció precisamente ABC en una crónica, ya que en 1519 «España no existía».

Porque, en una especie de España de Schröendiger cuántica, España existe y deja de existir según y para qué. Y los conceptos políticos e históricos son utilizados de manera espuria acorde a los intereses bastardos que se quieran esgrimir en cada momento. De este modo, no se puede hablar de España hasta, por lo menos, la idea de nación surgida de las Cortes gaditanas de 1812 y, por tanto, no se puede españolizar por ejemplo, la Controversia de Valladolid, con Domingo de Soto y De Las Casas; la Escuela de Salamanca, con Suárez y Vitoria; o, ni siquiera, las expediciones de la Marina Ilustrada del XVIII, con Jorge Juan, Bustamante o Balmis. Pero, eso sí, a la hora de hablar de conquista, invasión, saqueo, expolio y genocidio, entonces España es trimilenaria y con obligaciones morales y de resarcimiento desde que reinara Argantonio en Tarteso.

Es por eso que se pide revisar los museos españoles anclados «en un marco colonial», según el ministro Urtasun, que «hay que superar». Ya que, en la visión que se tiene del pasado español, la analogía esgrimida es la experiencia traumática de la visita a un museo en un lugar como Bélgica, cuyo no tan lejano legado en África es ciertamente, citando las palabras del ministro, «terrorífico, racista, espantoso». Y que, según piensa, «es algo que nosotros, poco a poco, tenemos que empezar a hacer». ¿Por qué? Porque en su mente el colonialismo español es equiparable. ¿Acaso España no tuvo un pasado colonial, imperial y tuvo que asentar su realidad nacional? Sí a todo. Incluso en lo colonial, por supuesto. Pero la forma de establecerlo difiere tan abiertamente con la de otros países, que el propio Alexander von Humboldt escribiría que «Los reyes de España al tomar el título de Reyes de Indias, han considerado a estas lejanas posesiones más bien como partes integrantes de una Monarquía, como provincias dependientes de la Corona de Castilla, que como colonias, en el sentido que los pueblos comerciales de Europa han dado a esta palabra desde el siglo XVI». O sea, lo que fue el llamado sistema virreinal. O, lo que es lo mismo, ser parte integral de esa España que, raramente, podría haberse expoliado a sí misma.

Hay que renovar, muy seguramente, nuestros museos y hacerlos más atractivos. ¡Y hasta conocidos! Y explicar aspectos como los que nos cuentan esos cuadros de castas del Museo de América, que la historiografía de los años 40 del pasado siglo quiso hacer pasar por una realidad negativa y no como la realidad social que existía como consecuencia del mestizaje, ya promovido desde tiempos de los Reyes Católicos, pero sin los matices de racismo que existieron, de manera legal incluso hasta hace bien poco, en países como Estados Unidos o Australia. España tuvo también un pasado negrero, y tardó mucho en abolir ese infamante comercio (¡con Alfonso XII a finales del XIX!). Porque no queremos leyendas de ningún color. Se refería el escritor Luis Español Bouché, biógrafo del madrileño Julián Juderías, que el planteamiento del autor de «La Leyenda Negra de España» era de tipo regeneracionista, es decir objetivador. No queriendo caer en maniqueísmos de ningún tipo. Como parece que una y otra vez acaban cayendo los diferentes ministros de Cultura españoles. Cuya obsesión por descolonizar museos me lleva a preguntarme si no tendrán, tendremos todos, que descolonizar antes nuestras mentes. Sobre todo de prejuicios y de complejos que poco aportan a la riqueza cultural y global, de España.

Javier Santamarta del Pozo es escritor y politólogo.

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