Artículo original de: La Gaceta de la Iberoesfera

Por: Hughes

La ciudad de Barcelona, centro neurálgico del área metropolitana más grande del Mediterráneo y una de las de mayor dimensión de Europa; la cuarta en población y la octava en PIB. Representaba en 2016 el 1,2 por ciento del PIB, el 1,3 por ciento de la población y el 1,4 por ciento del empleo de la UE-15. Capital de Cataluña, segunda ciudad en importancia de España a distancia de la tercera, presenta para un observador externo un aspecto dinámico y bullicioso, en gran medida derivado de su éxito turístico, que le comporta a la vez importantes problemas, tantos, que ya son una amenaza.

Está extendida la idea de que dispone de una economía fuerte, con clústeres potentes como el sanitario, y el de determinadas aplicaciones de las TIC. Que sea sede del Mobile World Congress, entre otros eventos de alcance mundial, acentúa esa sensación pujante. Es un estereotipo que incorpora componentes bien reales.

Pero esta imagen tan vital, incluso arrolladora, de la ciudad, también sirve para ocultar la magnitud de su crisis estructural. Esta elusión de los problemas reales se ve acentuada por unos gobiernos municipales que practican el city marketing con nulo sentido autocrítico y por una Generalitat incapaz de abordar los problemas de fondo, porque está instalada en el agravio, como explicación única de todas las dificultades y en un endemismo psicológico, el cofoísme, esa actitud de vanidosa e injustificada satisfacción hacia lo que nos es propio.

Barcelona presenta, es evidente, problemas nada menores en seguridad, degradación del espacio público, y vivienda, para citar tres de importantes y sentidos por la población, pero que no son radicalmente diferentes a los de otras capitales europeas. Estas adversidades mueven a atención, pero al mismo tiempo, su condición de mal generalizado, genera un argumento justificativo; un consuelo si queréis, porque nos dice que no estamos solos en este tipo de achaques.

Pero los problemas de fondo, estructurales y de difícil solución, son otros. Son graves por su dificultad intrínseca, pero también porque no existe conciencia política sobre su existencia.

A pesar de sus apariencias, Barcelona está afectada por un complejo problema estructural que nos lleva a una importante regresión económica, social, cultural y lingüística a medio y largo plazo. Su manifestación más evidente es el declive económico, que se expresa en su pérdida de peso en relación con el contexto español y europeo.

La evolución del PIB de la ciudad en relación con el de España es claramente decreciente a lo largo de este siglo. En el año 2001 era del 9,4 por ciento del total estatal, y esta dimensión ya da una idea de la importancia de la capital de Cataluña. Para situar una referencia, el PIB del País Vasco fue del 6 por ciento.

Lu Tolstova

Pero aquella magnitud de inicios de siglo ha ido disminuyendo y en 2019 tan solo era del 6,3 por ciento.

Si ampliamos el espacio del análisis, la conclusión empeora, porque la convergencia económica de España con Europa ha empeorado y presenta un estancamiento relativo desde inicios de siglo, atribuido mayoritariamente a un mal comportamiento de la Productividad Total de los Factores (PTF), que a su vez guarda relación con una asignación de recursos a actividades de baja productividad. Y si ampliamos aún más el foco, el diagnóstico se agrava notablemente, porque entre 2008 y 2013 la UE ha retrocedido mucho en relación con Estados Unidos.

Conclusión: Barcelona ha perdido peso económico en España. Que a su vez ha tenido un crecimiento inferior al de la UE, alejándonos de la convergencia con Europa. Finalmente, esta ha crecido menos que la principal economía mundial, Estados Unidos.

Una ojeada, no a la ciudad, sino al conjunto de su región metropolitana (RM) nos señala la esencia del problema. Se trata de lo siguiente:

Las 25 regiones metropolitanas de la UE-15 tienen una productividad superior a la del conjunto de la UE, casi un 20 por ciento mayor. Es lógico que así sea como consecuencia de las economías de aglomeración, de escala y spillovers de conocimiento y aprendizaje, que generan las grandes aglomeraciones urbanas. Pero hay cinco excepciones a esta regla. La peor parada es Atenas, que tan solo alcanza el 75 por ciento de la productividad europea. Pero la siguiente ya es Barcelona con un 85 por ciento, siendo la diferencia con la productividad del conjunto de las RM de 35 puntos porcentuales y eso es mucho. Por cierto, Madrid está mejor, pero para nada puede tirar cohetes porque se sitúa en el 94 por ciento y forma parte del reducido paquete de las que no llegan a la media de la UE, junto con el Ruhr, Manchester y Berlín, y, por tanto, notablemente distanciadas de los resultados que obtienen la mayoría de las regiones metropolitanas.

¿Y cómo es posible que, a pesar del dinamismo aparente de Barcelona, se produzca esta tendencia estructural que amenaza con una grave crisis de proporciones españolas a medio plazo?

Las causas son una destructora combinación de saldo vegetativo negativo por la miseria de su natalidad (1,09 de tasa de fecundidad), el envejecimiento acelerado de la población y el proceso de sustitución de la población autóctona por población nacida fuera de España. Estos vectores coinciden en minorar la formación de la renta de la ciudad por distintas vías, y merecen un análisis detallado que en otro momento abordaré. Esta situación para nada abordada, ha empeorado a causa las políticas locales de estos últimos ocho años, que han afectado negativamente a la base económica de la ciudad. Pero este es ya un tema distinto, que también es merecedor de un tratamiento específico.

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