Artículo original de:El Debate
Por Pedro Gómez de la Serna

Gregorio Ordóñez, 36 años, casado y con un hijo que no había cumplido los dos, fue asesinado el 23 de enero de 1995 en un bar del casco viejo de San Sebastián, de triste recuerdo. La Cepa. Eran las tres y media de la tarde. Tres pistoleros encapuchados entraron en el restaurante, se acercaron a la mesa en la que almorzaba el joven concejal y uno de ellos le pegó un tiro en la nuca. El asesino, García Gaztelu, alias Txapote, el mismo que asesinó a Fernando Múgica, a Miguel Ángel Blanco y a diez personas más, sería uno de los beneficiados de la amnistía que Bildu y PNV quieren negociar, al abrigo de Junts y de ERC, con Pedro Sánchez. Ya lo dijo la madre de Pagaza: harán cosas que nos helarán la sangre.

Muchos quieren que nadie recuerde que el joven líder del PP del País Vasco fue asesinado por sentirse español en tierra vasca y por rebelarse contra un estado general de opresión nacionalista. Pero claro que vamos a recordarlo.

Hay también quien mira con displicencia este tipo de conmemoraciones, como diciendo que pertenecen a tiempos lejanos y pasados, que son aniversarios inoportunos, inconvenientes ya, y hasta molestos, sobre todo políticamente. Al fin y al cabo, dicen, ETA ha dejado de matar, y aquellos hechos pertenecen a oscuros episodios que conviene olvidar. Pasemos página. Hombres de paz deciden hoy la política española.

Pero Gregorio Ordóñez, dicen quienes lo conocieron, tenía una enorme virtud política y personal que le hace especialmente actual: la autenticidad. Esa es la sensación que uno tiene también cuando contempla sus fotografías o se acerca a leer sus intervenciones o a escuchar su voz o a analizar sus gestos.

Defender la libertad da siempre a la política una especie de fuerza primigenia incontenible. Querer sentirse libre da más fuerza que cualquier argumento político: creo que de ahí brotaban la autenticidad y el ímpetu de Ordóñez, su desafío natural frente al odio ambiente establecido en aquella sociedad.

Así debieron de sentirlo por aquel entonces aquellos chicos –casi una cuadrilla– de San Sebastián de los años noventa (recuerden: más de cien asesinatos anuales y un angustioso clima de terror social y político) que le siguieron para alzar la voz frente al silencio y la cotidianeidad del miedo y la violencia.

La libertad era el motor, el corazón de Ordóñez y de aquel grupo que se rebeló contra la limpieza étnico-política que ejecutaba ETA y de la que se beneficiaba, cínico, burlón, adinerado, el PNV.

Era tan verdadera la causa de Gregorio Ordóñez, había ETA asesinado ya a tanta gente y era el terror social de tal magnitud, que más de doscientos mil vascos tuvieron que abandonar el País Vasco y exiliarse en el resto de España, lejos de la presión, del desprecio, de la violencia, del saqueo y del crimen. Tuvieron que escapar de su tierra para salvar la vida, como lo hicieron los republicanos españoles al terminar la guerra civil. Atrás dejaron, como ellos, amigos, hogares, trabajos, negocios, lugares y costumbres. Tuvieron que cerrar sus casas, levantar la familia, marchar con lo puesto, despedirse de todo, vender lo que tuvieran y empezar una nueva vida al otro lado de la geografía española, Levante, Andalucía, Madrid, donde el terror no dominara la vida cotidiana.

Doscientos mil vascos son nada menos que el diez por ciento de la población de esa comunidad. Dos de cada diez tuvieron que salir, sin que nadie les haya reconocido nunca el derecho a votar en su lugar de origen, del que emigraron por razones de persecución política. (Deben aquí entonar un especial mea culpa los gobiernos del PP que, teniendo mayoría absoluta, renunciaron a ese acto de justicia elemental y de visión política, porque esa restauración habría cambiado sin lugar a dudas el futuro del País Vasco y también el de España. Hubo quien lo intentó y hubo quien lo paró).

Solo alterando tan brutalmente el censo electoral pudo el nacionalismo ganar la batalla política.

Esa es la triste historia de Euskadi: solo asesinando y expulsando a los adversarios políticos, sociales y culturales pudo el nacionalismo alcanzar primero y mantener después su hegemonía política y social en régimen de monopolio.

A Gregorio Ordóñez lo mataron porque era una clara amenaza para que el nacionalismo alcanzara sus objetivos (como en otras ocasiones, ETA había escogido a su víctima para abortar la historia) .

La voz de Ordóñez era una voz cargada de futuro, y los asesinos, ejecutando órdenes de arriba, querían evitar el contagio de aquella juventud que se alzaba contra la mentira y el crimen.

(Imaginemos ahora los comentarios de Javier Arzalluz al recibir la noticia del asesinato, su altivo gesto mandibular, su sensación de alivio y de desprecio histórico).

La tumba de Gregorio Ordóñez en el cementerio de Polloe de San Sebastián ha sido profanada no menos de seis veces. ¿Por qué? Por su alto valor simbólico. Los etarras no quieren destruir su memoria, sino profanarla; no pretenden borrar sus huellas del mapa político vasco sino que se sepa que quien escoja el camino, siempre desafiante, de la libertad será perseguido más allá de la muerte. Destrozan su tumba para que a nadie se le ocurra volver y para que nadie tome su testigo.

Para el PNV lo mejor es hacer como que nada ha existido. O mejor: que todo fue un mal sueño del que, felices y contentos, nos hemos reparado ya. Pues no. Aquello no fue un sueño: fue una limpieza étnico-política en toda regla. Una limpieza con tantos responsables como ganadores hay en el tablero de la política vasca.

El presente de España se está construyendo sobre los cascotes de semejante escoria. Esa es la memoria.

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