Artículo original de: El Debate
Por Ramón Pérez-Maura

Estamos en un momento en que, si es preocupante la dependencia del Gobierno de la nación de los independentistas catalanes, puede ser aún peor su inminente servidumbre ante los independentistas vascos. Que en cierto modo es una dependencia todavía más bastarda. Porque como afortunadamente se recuerda bastante en estos días, el País Vasco es probablemente la única región dentro de una democracia occidental en la que hay una diáspora de cientos de miles de personas que huyeron de la violencia y tuvieron que asentarse en otras partes de su propia nación. Si esos 250.000 o 300.000 hijos del éxodo participaran en las elecciones vascas hoy en día, el resultado probablemente sería muy diferente del que conocemos en la actualidad. Los gallegos que emigraron para hacer fortuna votan en sus elecciones regionales. Pero no pueden hacerlo los vascos que han visto correr la sangre de sus mayores y están plenamente legitimados para preferir la diáspora. El heroísmo es encomiable, pero jamás exigible.

En estos días se han publicado encuestas sobre las próximas elecciones en el País Vasco que anticipan que Bildu, los herederos de ETA, puede ser el partido más votado. Creo que nadie puede sorprenderse seriamente porque el proceso de blanqueamiento de la marca etarra por parte del PSOE ha sido verdaderamente notable. Pasar de decir que jamás gobernarían con ellos a aceptar primero su apoyo en el Gobierno de Navarra hace cuatro años; después su respaldo a Sánchez en el Gobierno de la nación y finalmente a darle el Ayuntamiento de Pamplona es una de las mayores desfachateces políticas que hemos vivido en los últimos lustros. Pero una desfachatez en mutuo beneficio. Ambos tienen las cuotas de poder que más les interesan: los batasunos Pamplona, a la que consideran la capital «histórica» de su Euskadi imaginaria. Y Sánchez no es que tenga la cuota que más le interesa. Obtiene la única que tiene relevancia para él. Su silla en la Moncloa.

En estas circunstancias lo que puede ocurrir tras las próximas elecciones autonómicas (con perdón) vascas es más incierto que nunca –al menos aparentemente. Si se confirmaran las encuestas y Bildu fuese el partido más votado, sería la primera vez que el PNV perdiera la primacía en unas elecciones autonómicas desde que en 1986 el socialista Txiqui Benegas se impusiera por la mínima a José Antonio Ardanza. Claro que, entonces, el PNV acababa de sufrir la escisión de Eusko Alkartasuna de Carlos Garaicoechea, pero también es cierto que ese nuevo partido fue la cuarta lista más votada: la tercera fue Herri Batasuna. Hoy Eusko Alkartasuna y Herri Batasuna son parte de EH Bildu.

La cuestión es, si el orden en la meta es Bildu, PNV y PSOE, ¿por quién se inclinaría Sánchez? En principio parecería lógico pensar que podría inclinarse por cualquiera de los dos. Pero eso sería así si esa fuese una decisión sin repercusión fuera del País Vasco. Y la realidad es otra. Si el PNV y el PSOE suman una mayoría suficiente no hay ninguna posibilidad de que el presidente vasco sea otro que el candidato nacionalista. Sánchez no puede permitirse apoyar al candidato batasuno porque eso podría suponerle un cambio de alineación del PNV en las Cortes. Porque como el PSOE saque al PNV de Ajuria Enea, los nacionalistas son capaces de apoyar una moción de censura del PP y Vox para echar a Sánchez. Mayores traiciones hemos conocido ya. Esto se pone muy entretenido.

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