Artículo original de: Las Provincias
Por José Manuel Pagán

Es hora de que la Universidad vuelva a la torre de marfil. Llevamos demasiado tiempo con el verbo equivocado, la Universidad no debe adaptarse a la sociedad, la Universidad debe transformar la sociedad. Esta misión exige, aunque pueda parecer paradójico, que la Universidad se aleje, se proteja de los principios que rigen en la sociedad actual, para poder ofrecer a ésta el servicio que merece. En definitiva, la Universidad está llamada a vivir en el mundo sin someterse a los principios del mundo, me refiero a la pandemia de los -ismos, la tríada que forman relativismo, individualismo y hedonismo, con sus múltiples derivados, entre otros, y por lo que ahora nos ocupa, cientificismo, economicismo, pragmatismo y utilitarismo; se trata de una pandemia que se ha apoderado ya de demasiados ámbitos en la sociedad, llevándonos a vivir muchas veces de manera necia, de manera estúpida, propia del hombre-masa, que no se pregunta por su naturaleza última ni se plantea descubrir el sentido de su vida. 

Pues bien, la Universidad debe preservarse de esa estupidez o, de lo contrario, si esa estupidez entra en la Universidad -en algunos casos ya está dentro y de lo que se trata es de sacarla- la estupidez se apoderará de la Universidad y la única transformación a la que podrá aspirar es a la de transformar aquella en ilustrada, esto es, en una estupidez ilustrada, liderada por entusiastas intelectuales de una razón anti metafísica que cierra el Cielo y dificulta a la persona que pueda vivir con la dignidad que merece.

De manera recurrente se advierte del riesgo que corre la Universidad de convertirse en esa torre de marfil a la que el diccionario de la RAE se refiere como “aislamiento e indiferencia de alguien especialmente de un artista o intelectual, ante la realidad y los problemas del momento”. A continuación, se suele instar a que la Universidad dé respuesta a las necesidades de la sociedad, confundiéndose, seguidamente, sociedad por mercado, para acabar concluyendo que la Universidad debe atender las necesidades del mercado, concretadas éstas en mano de obra cualificada. Así las cosas, se traslada la idea de que la Universidad alcanza su razón de ser, por lo que a la formación se refiere, cuando provee al mercado de la necesaria mano de obra.

No hace falta insistir en la necesidad de que la Universidad y los que forman parte de ella, principalmente sus profesores, tengan clara su misión de servicio a la sociedad, a la que debe conocer y amar, para poder luego transformar; misión esta que es incompatible con cualquier actitud de aislamiento o indiferencia ante la realidad y los problemas del momento. Al revés, quienes quieran ser operadores activos de la transformación deben conocer la sociedad en la que viven con profundidad, conscientes de que ese conocimiento debe ser empático -debe conducir al amor- y sapiencial -debe llevar a las raíces de la realidad-. Esta misión es más evidente, si cabe, en universidades de iniciativa social e identidad católica, que tienen una llamada expresa a “ser instrumento cada vez más eficaz de progreso cultural tanto para las personas como para la sociedad”, al tiempo que se le insta, cuando sea necesario, a “tener la valentía de expresar verdades incómodas, verdades que no halagan a la opinión pública, pero que son también necesarias para salvaguardar el bien auténtico de la sociedad”.

Es precisamente por esto que la imagen de una torre de marfil es adecuada e inspiradora para reflexionar acerca de qué necesita la Universidad para poder cumplir su misión. La torre representa solidez, seguridad, permanencia, al tiempo que nos permite por su altura ampliar el campo de observación, divisar lo que está por venir. Pero no es una torre cualquiera, se trata de una torre de marfil, un material que destaca por su dureza, pero también por su belleza y su brillo.

La Universidad debe aislarse de esos comportamientos vitales que hemos representado en la epidemia de los -ismos, solo así podrá cumplir con su misión transformadora de la sociedad, que debe empezar por sus jóvenes universitarios, a los que debe ayudar a desarrollarse, a alcanzar lo que están llamado a ser. La Universidad debe ser el lugar donde el joven pueda florecer, alcanzar una vida grande que desborde las visiones pragmáticas que impregnan nuestra sociedad; un lugar donde despertar el anhelo de una vida grande, no medida en dinero, poder o prestigio, sino en amor al otro.

El acto educativo, también en la Universidad, debe buscar la excelencia, entendida no como ser mejor que otros, sino como ser mejor que uno mismo, como alcanzar la cota de grandeza a uno destinada. La Universidad debe ayudar a sus estudiantes en esta travesía con la mirada puesta en la generación y el cultivo de virtudes, intelectuales y morales, que les ayuden a descubrir lo que es bueno y necesario saber, y lo que es oportuno y adecuado hacer.

Aunque no resulte fácil, la Universidad debe también transmitir a los jóvenes los hábitos y placeres de la reflexión tranquila y el amor por aprender; debe ayudarles a descubrir la actividad intelectual, principal nutriente para una vida interior rica.

Y para que la Universidad pueda desarrollar esta Misión, debe erigirse en torre de marfil, no para aislarse del mundo, todo lo contrario; pero sí para protegerse de la mundanidad dominante.

A esta Misión llevamos consagrados en la Universidad Católica de Valencia desde hace ahora 20 años.

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