Artículo original de: ABC
Por María Paz Otero

Nadie se sorprenderá si se afirma que la medicina y la literatura son disciplinas curiosamente alejadas, pero inevitablemente unidas desde hace siglos por un cordón umbilical invisible y misterioso. De hecho, son muchos los ilustres personajes que se han adentrado con maestría en ambos terrenos, y han demostrado que, aunque ambas materias son profundamente inexactas, son también necesarias a la hora de acercarnos al enigma que a todos nos concierne: la vida.

Pío Baroja, cuya experiencia en lo hipocrático fue mucho más breve que en lo literario, en su más que consagrada obra ‘El árbol de la ciencia’ señala cómo «ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno: o la abstención y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un círculo pequeño». Los que, bien por elección propia, bien por haberles sido impuesto un espíritu inquieto, se sitúan en el segundo grupo, la cuestión que se les plantea es doble al tener que elegir en qué círculo quieren moverse y con qué acción se les permitirá entrar en él.

Y es precisamente en esta encrucijada, si queremos, en esta pregunta existencial: qué hacer y para quién, dónde se puede articular uno de los grandes dilemas de la vida: la elección vocacional. Literatura y medicina, si algo tienen en común, es que ambas son disciplinas de lo humano. La enfermedad, la muerte, la esperanza, el dolor, la melancolía, el miedo o la desesperación, todo ello son circunstancias y sentimientos inherentes al ser humano, y todas ellas se pueden poner en común a través de tres cauces imposibles de ordenar según su importancia: el cuerpo, el silencio y la palabra.

El cuerpo es lo primero a lo que un estudiante de Medicina debe enfrentarse cuando por vez primera se sienta en un aula llena de alumnos y escucha en boca de la profesora palabras como escotadura aritenoidea, procesos ciliares o válvula de los lavativeros. Desde otro prisma, opina Virginia Woolf también del cuerpo en su texto ‘De la enfermedad’: «La criatura de su interior solo puede mirar por el cristal –sucio o sonrosado; no puede separarse del cuerpo como la vaina de un puñal o de un guisante ni un momento; ha de seguir el interminable desfile de cambios completo, frío y calor, bienestar y malestar, hambre y saciedad, salud y enfermedad hasta que llega la catástrofe inevitable; el cuerpo se desmorona y el alma se libera (dicen)». No se discutirá qué intervención sobre el cuerpo, qué modo de aproximarse es más correcto o acertado, pero lo que parece claro es que, igual que un médico disecciona, expuesto a ese olor inolvidable, el cuerpo de los muertos, también la literatura se encarga de embalsamar y abrir en canal lo que algunos consideran la cáscara del alma.

También tienen en común el literato y el médico el olvido, en muchos casos, del silencio. La entrevista clínica, la anamnesis, la recolección de datos… todo ello se practica y sistematiza en las facultades de Medicina y sin embargo el silencio se desecha, se desestima por no aportar información de interés, si me apuran, incluso se teme al silencio porque este se impone allá donde la medicina fracasa y el dispositivo suena más alto cuando bajan las pulsaciones o la saturación de oxígeno. En la literatura tampoco hay lugar para el silencio: si acaso una media página, un interlineado doble, un personaje a medias, un subtexto… pero el silencio en la literatura no es silencio si no hay palabras que lo rodeen y el silencio, además, se desaira si no cumple una función clave: la de dejar espacio para que surja la palabra, como en el cuento de Anton Chéjov que tiene por título precisamente ‘¡Silencio!’, donde los ruidos circundantes impiden la escritura del señor Krasnujin y el silencio se reclama únicamente para dar paso a una escritura de importancia mayor.

La palabra, por último, es el tercer elemento inevitablemente compartido por poetas, novelistas, dramaturgos, y cardiólogos, internistas o psiquiatras. Comparten la palabra en la medida en que comparten el trato con el otro, el contacto que en las personas está mediado –en buena parte– por la palabra, vehículo que pretende facilitar el entendimiento, pero que, por otro lado, enjaula y limita la dimensión de lo humano. La palabra, en cualquier caso, es la primera y más importante herramienta del médico igual que lo es del escritor, y a la hora de describir el sufrimiento, caballo de batalla también de ambos gremios, unos y otros elaboran larguísimos escritos cada uno adaptado a su contexto.

Es aquí donde surge la duda de si, como deseaba Gustave Flaubert para la literatura, la medicina está siendo capaz de sobreponerse al paso del tiempo y mantener «la mirada médica de la vida», esa mirada que es capaz de revelar lo realmente importante. Con el elevado coste y las altísimas notas requeridas para ingresar en las facultades de Medicina, las apretadas agendas que asfixian a profesionales y pacientes o el colapso de los servicios de urgencias, es obligatorio preguntarse si estamos siendo capaces, como médicos, de sortear el sistema y llegar a aquellos aspectos menos palpables de la enfermedad, a la materia nuclear de toda existencia humana, a nuestra endosfera. Si la palabra, hablada o escrita, a pesar de ser un elemento común, se está convirtiendo también en un aspecto diferencial de la literatura y la medicina, y si tal vez el lenguaje médico es cada vez más preciso, más escueto por estar sujeto a un tiempo que castiga y una demanda que apremia, pero al mismo tiempo más torpe para alcanzar lo íntimo, lo que es menos tangible y más trascendental.

Como psiquiatra encuentro más sencillo plantear preguntas que ofrecer respuestas, por eso me cuestiono si la literatura ilumina el escotoma, el ángulo muerto donde la medicina, arte de difícil práctica estos días, muchas veces no alcanza, y, en caso de que la respuesta sea afirmativa, me pregunto si en el tiempo que vendrá seguiremos siendo capaces de introducir la literatura entre las grietas de un modelo asistencial cada vez más encorsetado. Como poeta, sin embargo, prefiero olvidarme de las preguntas existenciales e imaginar que lo que une la literatura y la medicina no es solo lo humano sino también lo divino, y, como en el Evangelio de san Mateo, defender que ambas disciplinas han sido y deben seguir siendo una sola carne.Si es cierto, como Baroja afirma, «que el instinto vital necesita de la ficción para afirmarse», tal vez sea responsabilidad ética y moral de los médicos no dejar nunca de ser un poco literatos y así, más de un siglo después, demostrar que el árbol de la ciencia y el árbol de la vida siempre estuvieron plantados en el mismo lado del jardín.

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