Artículo original de: El Debate
Por Enrique García-Máiquez

Uno de los problemas más graves que tiene España no es el muñeco de Ferraz, aunque parezca increíble. Es el desplome de la pirámide poblacional que está cayendo a plomo sobre nuestra economía y que amenaza el futuro inmediato de nuestra nación. Sin embargo, no parece preocupar a casi nadie. El volumen –en los dos sentidos– de conversación pública sobre el muñeco de Ferraz multiplicará por diez –a ojo de buen cubero– las menciones al problema demográfico, incluso en navidades, fechas propicias a la reflexión familiar.

Lo triste es que los cuatro gatos que estamos preocupados por esta cuestión solemos llevarnos como perros y gatos. Cuando uno hace una mención, otro le replica afeándole el enfoque. El ejemplo más corriente es reversible. Alguien se queja de que, con los sueldos actuales y la dificultad para acceder a la vivienda, no hay joven que pueda plantearse tener hijos y otro le recuerda que países con muchísima mayor tasa de nacimientos que nosotros tienen peores índices económicos o que en la España del boom tampoco ataban a los perros con longanizas. Y viceversa: otro habla de que es necesario un cambio cultural y moral, y entonces le piden que no se meta con la libertad de la gente y que, sin un cambio económico, no se puede hacer nada.

Todos tienen razón porque estamos ante un círculo vicioso. La estructura económica no favorece en absoluto la formación de parejas estables ni la celebración de matrimonios que tengan hijos. Esto favorece a las empresas, porque pueden pagar peor a los empleados. El sistema propicia una mentalidad antinatalista casi como una inversión. Mentalidad que cimenta esa estructura económica del comienzo, pero multiplicada. Como nadie lo rompe, el círculo vicioso está adquiriendo velocidades de vértigo.

Considero legítimo que cada cual escoja algún eslabón de la cadena –el que más rabia le dé– y trate de romper por ahí el nudo gordiano, sin perder fuerzas en criticar a quien quiere dar el tajo en otro lugar del círculo. Es legítimo y urge. Ojalá cunda la exigencia de mejores sueldos, ventajas fiscales para familias con hijos, ayuda para la vivienda, para la compra de vehículos, etc.

Del mismo modo, es cierto que una mentalidad hedonista muy extendida en las nuevas generaciones no ayuda nada. Si uno prefiere irse de viajes al extranjero y salir muchas noches, en cuanto gane más, viajará más lejos y saldrá más noches. Pero si una pareja joven quiere tener hijos, seguro que afronta con otro ánimo las dificultades económicas, trata de cambiar de trabajo o exige en la empresa una política de conciliación.

Yo estoy a favor de todo; pero, si tuviese que escoger un solo eslabón que me encantaría triturar de la cadena viciosa de antinatalidad y antifamilia, la emprendería a martillazos con el desdén por la paternidad y la ridiculización de la figura masculina. Es uno de los venenos subconscientes que más contribuye a esterilizar a nuestra sociedad. Ser padre conlleva bastantes sacrificios, como sabe cualquiera que tenga ojos en la cara. Si la respuesta social a ese compromiso para toda la vida va a ser convertirte en el muñeco del pim, pam, pum de la cultureta postmoderna, resulta normal que la gente se lo piense dos y tres veces.

Necesitamos más visibilidad de los modelos gozosos de padres entregados y admirados por sus mujeres y sus hijos, por sus vecinos, e incluso por sus suegras. Contra la dichosa pirámide invertida, por supuesto; pero también porque los hay de verdad, son la mayoría y representan una de las opciones vitales más plenas y satisfactorias, y la escondemos a nuestros jóvenes.

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