Artículo original de: ABC
Por Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo

Hemos visto diversas expresiones populares ante algo que toca una fibra importante de nuestra conciencia histórica cuando se percibe el disparate en el modo corrosivo y destructor de plantear la gobernanza de España. La espontánea comparecencia en calles y plazas de una inmensa sociedad quiere decir pacíficamente que hay algo no compartido, acusando como traidores a quienes pretenden formar gobierno desde programas políticos contradichos y burlados por otros intereses espurios que terminan siendo bastardos. Junto a esa inesperada expresión popular que se ha intentado boicotear falseando cifras de participación e introduciendo grupos desestabilizadores extremistas cuyas matrices encienden sospechas de una encubierta manipulación, también se han dado otras comparecencias que, con razonable inteligencia, han querido señalar lo trabucaire de esta trama política que nos tiene en vilo desde las últimas elecciones.

Cuando la sociedad toma la calle para decirlo en voz alta, cuando asociaciones de jueces y de fiscales, de colegios profesionales, asociaciones y despachos de abogados, colectivos de funcionarios con sus sindicatos, patronales empresariales, asociaciones de diplomáticos, como también asociaciones de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, colectivos de periodistas… cuando se da todo este movimiento social de amplio espectro y diversificada responsabilidad, estamos ante algo que preocupa y duele, y que no consiente mirar para otro lado pasivamente.

Una pregunta se me ha hecho con frecuencia en estas semanas: ¿y la Iglesia no va a decir nada? ¿Por qué calla y está como ausente? Obviamente no es cierto, cuando algunos obispos nos hemos manifestado con claridad y pertinencia sobre este asunto que a todos nos embarga. De hecho, nuestra Conferencia Episcopal en los últimos decenios ha salido a la palestra cuando la sociedad nos demandaba de tantos modos una palabra. Para algunos es una palabra orientadora, la esperaban como denunciadora de riesgos que rompen la historia y la avenencia o pacificadora ante conflictos que tensan y crispan poniendo en jaque la convivencia.

Nuestra palabra tomó postura ante los desafíos sociopolíticos, antropológicos y morales: ‘La Iglesia y la comunidad política’ (1972), ‘Testigos del Dios vivo’ (1985), ‘Constructores de la paz’ (1986), ‘Católicos en la vida pública’ (1986), ‘La verdad os hará libres. La conciencia cristiana ante la situación moral de nuestra sociedad’ (1991), ‘La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX’ (1999), ‘Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias’ (2002), ‘Orientaciones morales ante la situación actual de España’ (2006), ‘La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad’ (2001), ‘El Dios fiel mantiene su alianza. Sobre la persona, familia y sociedad’ (2022).

Cuando hablamos colectivamente, o cuando lo hacemos a título personal, es frecuente que se acojan nuestras palabras con gratitud por quienes las atienden, pero también hay quienes nos señalan como intrusos que han traspasado el umbral impropio de la modernidad metiéndonos en política. Tengo experiencia sobrada. Sería improcedente para nuestro ministerio si bajásemos a la arena de un debate partidista constituyéndonos en unas siglas más que aspirasen a tribunas como si quisiéramos recuperar extrañas teocracias y creyentes banderías. Nuestra clave no puede ser política, aunque hagamos crítica a algunas derivas de gobernanzas administrativas o legislaciones vinculantes. Nuestra clave debe ser únicamente moral.

Esto significa que, desde el Evangelio, la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia, tenemos algo que decir, aunque no seamos un sindicato ni una asociación. En este sentido me permito señalar que sólo la verdad nos hace libres y el engaño siempre esclaviza, por lo que quien usa y abusa de la mentira como arma política no tiene credibilidad y le acusan sus propias trampas. Que la insolidaridad chantajista entre regiones autonómicas como moneda de cambio para inconfesables prebendas, divide y crispa mientras que la verdadera igualdad solidaria es la única que fraterniza en la justicia. Que la venganza tergiversadora al reescribir la historia no sucedida imponiendo su relato partidista reabre heridas en una sociedad que vuelve a enfrentarse. Que en un Estado de derecho no se puede socavar la independencia de los poderes públicos acorralando y manipulando la judicatura y la fiscalía para amañar la ley impunemente poniendo en riesgo la misma democracia. Que en aras de una de investidura y un gobierno no cabe aliarse con quienes han delinquido de tantos modos con golpismo independentista, corrupción insidiosa, malversación económica y escondrijos prófugos, o menos aun con quienes mercadearon con sangre inocente en acciones terroristas. También que la ideología envenena a las nuevas generaciones con una educación que es manipulación de la ciudadanía a corto, medio y largo plazo, narcotizando el alma y la mirada de quienes gregariamente quedan hipnotizados como pueblo.

Si a esto añadimos que se llama eufemísticamente un proyecto de progreso lo que supone la destrucción de la familia, la confusión antropológica y la homicida manipulación de la vida, estamos ante un horizonte grave que como cristianos tenemos la obligación de advertirlo con audacia, denunciarlo con arrojo y presentar la bondad y la belleza de su contraria alternativa. Cabe otro tipo de política que no sea deudora de la mentira torticera, de la división insidiosa, del chantaje tramposo, de la destrucción del Estado de derecho dejando la democracia herida, de las diversas ideologías tóxicas y destructivas. La patológica aspiración continua de una poltrona de gobernanza por quienes en su delirio egocéntrico pagan cualquier precio para ello, aun vendiendo en fullera almoneda la misma Patria, sufren una amoralidad indigna del recto gobernante. Esto no es de derechas ni de izquierdas, sino inmoral, al carecer de la solidez moral que les falta.

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