Artículo Original: ABC
por: Isidro Catela

Cuando Juan Ramón Jiménez escribió aquello de «intelijencia (con jota, por supuesto), dame el nombre exacto de las cosas», no podía imaginar que se lo terminaríamos preguntando a ChatGPT, a esta Inteligencia Artificial (IA) dicen que lo que más le inquirimos es que cuál es el sentido de la vida. Ya hay que tener fe en los humanoides para obrar de esta manera, pero así somos los humanos: no cejamos en el estéril empeño de llenar el vacío de Dios con cualquier ídolo.

Yo, que como buen mortal tampoco estoy a salvo de la idolatría, le he preguntado al cacharro, en estos días de tanta convulsión política, que qué es la verdad. La versión salvadora número 4 del chat le ha respondido a este pobre Pilatos que la verdad es la cualidad de estar en conformidad con los hechos y la realidad. Asombrado por encontrarme con una IA tan aristotélica y defensora de la verdad como adecuación, no pude por menos que tratar de engañarla y contestarle que yo creía que la verdad era la facultad de cambiar de opinión tantas veces como conviniera al mentiroso. Esperaba que entonces sacara su versión más relativista, pero la sorpresa fue mayúscula.

Literalmente me espetó: «Lamento que tengas esa perspectiva tan equivocada. La verdad no puede ser en ningún caso lo que le convenga al mentiroso. La ética es decisiva para lograr una vida buena. No todo da lo mismo». ¡Caray con el programador! ¡Qué clásico su saber y qué respuesta tan fina! Pedro Sánchez y los miembros de su Gobierno en funciones han sido algo menos delicados que la máquina.

Cambiar de opinión es otra cosa. Al que cambia de opinión con frecuencia se le admira, se le mantiene la confianza, salvo que comience a cambiar de opinión en bucle cada tres días. Nadie quiere confiar sus designios a un veleta. No se puede engañar a todos todo el tiempo, incluido el grupo de coristas que, sospechosamente a una, han cambiado de opinión muchas veces contigo en los últimos meses.

Entonces lo que procede es hacerse pasar por un dios que no se muda, confiar en que la paciencia todo lo alcanza, y poner el ventilador en dos direcciones: una primera en la que la orfebrería de la agenda propagandística gubernamental busque un recurrente chivo expiatorio, a ser posible uno que ya haya demostrado en ocasiones anteriores que acepta el sacrificio y que produce los efectos deseados: hay otros, pero pongamos que hablo de la Iglesia católica; la segunda es emplearse a fondo en que la mayor parte de la gente convenga en que todos mienten y, por consecuencia, todo es mentira. Que se trata tan solo de que prefieras que te mientan los tuyos.

Ante un panorama tal, pudiera parecer que no cabría otra cosa que la desesperanza, pero no es así. Hay esperanza, que no es, contra lo que se suele pensar, un sí, pero todavía no, sino un ya sí, mas todavía más. Es cierto que, ocasionalmente, como humanos que somos, podremos querer mentir, para sacar algún provecho, pero no querremos que nos mientan. Seguiremos buscando la verdad, con más o menos ahínco, y si esa búsqueda es sincera, si hay voluntad de verdad –que decía Xavier Zubiri– intentaremos hacer vulnerable lo ya sabido, tendremos que saber siempre más y mejor. Será precisamente entonces cuando, también en medio del lodazal político, y solo si afrontamos esa tarea con todas las consecuencias, saldrán a nuestro encuentro el bien y la belleza, y la apertura al Misterio radical de la vida nos hará en cierto modo invulnerables.

Ya no tendremos que hincar la rodilla ante nadie más, ya solo tendremos que arrodillarnos ante Uno. La verdad, a la postre, habrá padecido pero no perecido. Y aquellos que la hayan pisoteado, creyendo humillarla, le habrán prestado, paradójicamente, un gran servicio. Hasta ChatGPT lo sabe.

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